PERIODISMO LATINOAMERICANO / Sin Jauretche, la oscuridad

PERIODISMO LATINOAMERICANO / Sin Jauretche, la oscuridad


3 de Marzo de 2017
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Gabriel Fernández *
Cuando uno descubre la actividad que realmente lo apasiona, algo no tan habitual en la vida de los seres humanos, intenta realizarla siempre. Esto no implica dejar de lado afectos y vínculos. Pero condiciona el armado mismo de la vida en derredor de una tarea. Precisamente porque no se siente como una tarea, sino como un placer, en tanto se admita que el placer se desarrolla cuando es en serio. No me atrae un montón de papafritas que resuelven simplemente reír y decirse a sí mismos qué bien la pasamos. El gusto pleno por un trabajo se percibe al encararlo con dedicación, tiempo y convicción.

Todas las cosas pueden remitirse al fútbol, claro. Allí encontraremos el sentido profundo de la realización. Quien piense que jugar o ver fútbol es “divertido” y pretenda identificar la complejidad del juego en un festejo, se equivocará de palmo a palmo. Habrá algún caso extraordinario de quien pueda jugar bien sin entrenar, pero es una rotunda excepción. Quien no está dispuesto a las dificultades de la práctica, no estará genuinamente capacitado para el clímax que implica la contienda en sí misma. ¿Adónde voy? Bueno, estoy hablando de periodismo.

Esta es una nota que me debo hace rato. Viene rondando mi cabeza desde las épocas lejanas de la Agencia Latinoamericana Prensa Latina. Se reforzó en Question Latinoamérica y se corroboró por estos tiempos con el trabajo en La Señal Medios entre varios espacios. Ha sido parte de las conversaciones con varios compañeros; entre otros Julio Fernández Baraibar, con quien nos dedicamos a desmalezar la información internacional para hallar la punta correcta de la razón en informaciones confusas y con ejes zigzagueantes. Vamos a una aseveración inicial, ligada al arranque: no se debe ejercer el periodismo sin leer.

Alguien objetará “no se puede” y aclaro que si, como se visualiza día a día, se puede; sólo que me siento obligado a sincerar el planteo y decir que no está bien, porque así se generan productos de baja calidad y superficialidad analítica. La franqueza no nos hará libres, sólo nos deparará nuevos adversarios, pero en determinada instancia, resulta inevitable: en este rubro comunicacional hay una gran masa de trabajadores de prensa que no logra percibir lo que tiene delante ni hilvanar las conexiones existentes entre los distintos hechos que narra día a día. Serán buenos tipos, amables contertulios, pero en el trasfondo de sus artículos se percibe que no captan historia, entorno, intereses, sentido de lo que están indicando.

Este grupo masivo está expuesto a adoptar como propios los lineamientos editoriales ajenos y no sólo por pertenecer a un medio, es decir, por un vínculo contractual con una empresa, sino porque terminan creyendo en esas ideas. Así pueden llegar a suponer que una recriminación a CNN es un atentado contra la libertad de prensa; que –caso contrario- esa libertad implica adjetivar a diestra y siniestra como burgueses, explotadores y opresores; o, quizás peor, recurrir de continuo a frases genéricas sobre la libertad y los derechos civiles extrapoladas y descontextuadas con las cuales logran quedar bien ante tirios y troyanos en las redes sociales. Hay más, pero esos tres casos son bien característicos.

Si quieren escribir sobre algo, amigos, no hay atajos: es preciso adentrarse en la historia de ese algo. Las secciones pueden ser política nacional, internacional, cultura, espectáculos, deportes, o la que deseen. Pero sea cual fuere el ítem, es preciso conocer lo que ha ocurrido y lo que ocurre en la zona abordada. De otro modo –en el fútbol esto es habitual- se recurre al “antes esto no pasaba” o “en otros tiempos se jugaba mejor” o “ahora el juego carece de técnica”. Tonterías generales que se escuchan a diario y están asentadas en el desconocimiento profundo de la disciplina que se está cubriendo. Ni hablar de asuntos políticos (nos vamos zambullendo en el nudo del artículo, fíjense): ya está bien de periodistas latinoamericanos que se refieren al peronismo como una “fuerza de derechas” o que utilizan sin especificar el concepto “liberal” como si encarnara lo mismo en el Sur que en el Norte.

Después de ese grupo de colegas amplio, emerge una zona importante del gremio con cierto “nivel analítico”. Está compuesta por aquellos periodistas que, efectivamente, conocen trayectorias y antecedentes, están bien informados sobre la actualidad y tienden a proyectar algunos desarrollos y consecuencias. En ocasiones, pese a las diferencias ostensibles que surgen entre sus orientaciones, brindan datos relevantes y logran situar al lector en el lugar de conocimiento adecuado para empezar a entender lo que se está informando. Se han preocupado por horadar la cuarta pared que nos separa del ayer y, lejos de englobar lo pasado, intentan reconocer procesos y diferenciar períodos.

Por ejemplo, vienen surgiendo escritores que más allá de escandalizarse y denunciar los crímenes de Al Qaeda y su hijo predilecto, el ISIS, rastrean un poco y se preguntan “¿puede ser que los pueblos árabes sean responsables de esto? ¿quién provee armamentos a tales organizaciones? ¿de dónde sacan sus recursos? ¿porqué atacan a quienes atacan?”. Naturalmente, estas preocupaciones implican, para el receptor, un nivel más elevado de intelección que las campañas contra morenos y barbudos tan habituales en los medios concentrados. Lo mismo para aquellos que al hablar de mediocampistas dejan de focalizar todo en la dualidad comparativa Maradona – Messi y evocan a Bochini, Alonso, Jota Jota, Brindisi, pero no olvidan a los de contención, tantos cincos que facilitaron la gestión de las grandes estrellas.

Es decir, la formación, la lectura, ayudan. Pero el lector perspicaz ya entenderá que falta algo. Que lo afirmado está bastante bien pero necesita un giro más de taladro para ahondar en algo semejante a la verdad. Voy de lleno entonces, a lo que podríamos llamar periodismo latinoamericano popular, progresista, izquierdista. Involucra a una gran cantidad de compañeros de todo el subcontinente. Desde Prensa Latina hasta Página 12, desde La Jornada hasta Marcha, desde Telesur hasta C5N, desde Le Monde Diplomatique hasta Raíces, desde Red Voltaire hasta El Argentino. Y los demás que le vengan a la memoria, también.

Esto es delicado, porque todo el mundo tiene derecho a creer en lo que cree; pero el comentario presente se basa en la obligación adquirida de jugar en serio. Es decir, de formarse con todos los elementos disponibles. El periodismo no suele ser, salvo algunas excepciones, un oficio escogido por descarte. Tal vez algunos, en ciertos momentos de la vida, quisimos ser astronautas o futbolistas, pero a decir verdad quien trabaja en este mundo de diarios, webs, revistas, canales y radios lo hace porque le agrada, porque anhelaba hacerlo. Para concretar su aspiración, insisto con el arranque, necesita entrenarse. Si no, como ha dicho el amigo antes citado, “yo quiero saber hablar chino pero no tengo la menor intención de sentarme a estudiarlo”. Es decir, no deseo hacerlo realmente.

Ahí voy: tantas décadas después de su elaboración y desarrollo, es inadmisible que el periodismo popular latinoamericano se siga guiando únicamente por autores europeos o seguidores de los mismos, sin asomarse al pensamiento nacional surgido en el Sur del continente. Como dato vale añadir que este, a su vez, está ligado a escritores del Sur – Centro que se conocen pero no se vindican adecuadamente, como Raúl Haya de la Torre, Juan Carlos Mariátegui, o el mismo Hugo Chávez. Sólo por citar algunos enormemente mencionados. El desconocimiento de la tarea político cultural de analistas de primerísimo primer nivel como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, daña las posibilidades de análisis de actualidad.

Sin anestesia: la tarea de las izquierdas argentinas desde 1940 hasta el presente, con excepción de la llamada Izquierda Nacional y varias dignas variantes con orientación latinoamericana, no ha sido otra, en el plano subcontinental, que explicar que el peronismo era el modo burgués escogido en la Argentina para evitar el avance hacia el socialismo de nuestro pueblo. Esa definición que, palabras más, palabras menos, incluía motes como autoritarismo, fascismo y el ya consabido populismo, calzó profundo en el resto de los movimientos populares de la región y persiste como una pesadilla en la mente de las generaciones presentes. La efectividad de la prédica ha resultado intensa debido a que se combinó con la gran labor de inteligencia inglesa y norteamericana a través de sus medios y sus políticos, para identificar al peronismo con el hitlerismo.

Claro: si los pueblos, y los periodistas latinoamericanos, recibieron durante más de siete décadas la advertencia del Partido Comunista y de la Sociedad Interamericana de Prensa sobre la orientación derechista del peronismo, ¿cómo iban a confiar en sus principales pensadores? Los resultados son dolorosos en el ámbito del reconocimiento a varios luchadores, y dramáticos en el del análisis político concreto de actualidad. El primer punto lo quiero mencionar pues lo tengo atorado desde hace mucho y sólo me parece justo, aunque quizás sin derivación: en Cuba pocos evocan a Rodolfo Walsh, John William Cooke, Gustavo Rearte y menos aún se animan a historiar profundamente a Juan Domingo Perón. En Venezuela no hay un solo profesional de prensa que conozca el pensamiento nacional argentino, pese a que Chávez se nutrió insistente y lúcidamente de Perón, Jauretche, Galasso, entre tantos.

Este párrafo reciente merece una aclaración, pues nace del conocimiento directo. La mayor parte del plantel de Prensa Latina rara vez oyó hablar de Walsh, quien junto a Jorge Ricardo Mascetti fundó la experiencia. Intenté vanamente introducir elementos analíticos que fueran más allá del esquema izquierda – derecha para situarse en nación – antinación y sólo en determinadas ocasiones lo logré. Como he narrado en otra ocasión, cuando tuve la posibilidad de dialogar mucho tiempo con Fidel Castro, le pregunté por Perón y me respondió “siempre actuó a favor nuestro”. En cuanto a la patria bolivariana: Hugo Chávez pedía insistentemente al director de Question en Venezuela, Aram Aharonián, textos como los que estamos nombrando. Con el “Turco” los reuníamos acá y se los enviábamos; el líder los devoraba y cuando venía a la Argentina afirmaba a voz en cuello “soy peronista”. ¡Es que ambas revoluciones eran a su vez sociales… y nacionales!

Ahora bien, vamos a lo más grave. En la década reciente, América latina se encaminó –y lo seguirá haciendo en el futuro pese a los vaivenes que suele prodigar la historia- hacia una unidad con rasgos terceristas y confederados con proyectos locales asentados en economías mixtas: rol rector del Estado, impulso a los emprendimientos sociales y lugar controlado para la empresa privada. Prioridad productiva por sobre la financiera. Derechos sociales extendidos y alza de los consumos internos. Como los medios antes mencionados, entre tantos, insisten en desconocer la labor interpretativa jauretcheana (es una flecha, un cursor indicativo, pues tenemos que señalar a Scalabrini, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Jorge Spilimbergo, Alberto Methol Ferré, Cooke, Walsh, Fermín Chávez y tantos más), terminan reduciendo semejantes construcciones complejas a la dualidad izquierda – derecha que empobrece el análisis y deja al lector inerme ante las maniobras de los espacios comunicacionales concentrados.

De ahí, en buena medida, la efectividad de la prédica antinacional y antipopular de los medios corporativos en Venezuela, Brasil, Argentina y tantos otros lugares clave del continente. Nuestros colegas no comprenden lo que está pasando ante sus narices y caracterizan de fascistas, xenófobos, antidemocráticos a conjuntos políticos y culturales variados en realidad situados en un renglón que amerita análisis profundos. Repasemos las temáticas: los nacionalismos populares en Medio Oriente, el emerger de los acuerdos chino – ruso, el armado regional interior del PT, los gobiernos kirchneristas, las elecciones en los Estados Unidos, la política interna mexicana, el rol de los socialistas chilenos, la identidad social tejida en derredor del sandinismo nicaragüense, los discursos patrióticos encendidos de Chávez. ¡La función política de Jorge Bergoglio como Papa y el sentido simultáneo de Techo Tierra Trabajo y Estamos en Guerra!

En charlas recientes con analistas políticos venezolanos me encontré con estas aseveraciones: “nosotros sabemos que el chavismo es de izquierda, por eso lo apoyamos; con el peronismo no nos metemos, Argentina es muy complicado y no tenemos opinión al respecto”. Casi textual, si la memoria no me falla. Esto no es un tema de orgullo nacional: no me importa que no comprendan lo que pasa en nuestro país; es ostensible que esa lejanía de autores que están en la web tan al alcance de la mano como Eduardo Galeano o Ignacio Ramonet, damnifica su propia capacidad de análisis sobre los procesos que están atravesando en vivo y en directo. Y así se termina confundiendo a Chávez con un marxista clásico, a Perón con un populista de derechas y a Cristina como alguien “que ha hecho muy bien en alejar al pueblo del peronismo”. Esta última frase también SIC y hay que tener panorama para entenderla y cuestionarla a fondo.

El volumen de lo realmente existente pesa aunque se lo niegue. Es más, si se lo barre bajo la alfombra como inexistente, se genera una distorsión. Es decir: el pensamiento nacional argentino es creación de una región de los pueblos latinoamericanos. Como la obra de García Márquez, los postulados de Paulo Freire; más lejos, la sagacidad de José Martí, o más cerca, la hondura de García Linera. Entre tantos. La justa absorción de estos amerita la consideración de los otros. Aquella vulgar campaña propagandística surgida de la inteligencia estratégica de Winston Churchill y el alineamiento externo de Vittorio Codovilla, opaca la mirada de quienes la obedecen sin sospechar su origen y el sentido de semejantes mandatos.

Como en otros textos escritos estos meses, el presente configura un alivio para mí. Ojalá sirva para algo. Pero, sin claudicar en un realismo que fuerza el optimismo a la hora de evaluar el andar de nuestros pueblos, mantengo mi prevención ante las capas intelectuales que protagonizan la comunicación popular en la región. Adecuar los procesos a la idea previa, sin preguntarse por qué la interpretación no cierra, puede constituirse en un vicio cómodo; y lo que es peor, prestigioso. La gran obra colectiva de los pueblos latinoamericanos merece “ojos mejores” para ver la Patria Grande. (La expresión corresponde a don Arturo, en polémica abierta con Payró. ¿Vale la aclaración?)

* Gabriel Fernández es director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica. / Buenos Aires, Argentina.